Una neumonía en Ademuz
© BLAS VALENTÍN | Uno cree que la enfermedad es algo que llega de fuera. Un virus, un bicho, una mala racha. Algo ajeno, accidental. Hasta que un día descubre que el cuerpo no olvida nada. Que guarda memoria. Y que, cuando puede, pasa la factura. Volví al pueblo con frío en los huesos. No un frío cualquiera, sino ese que se instala por dentro, como una chapa mal colocada en el pecho. Caminaba por los arrabales, cerca del río, y sentía una coraza metálica, desabrida, cerrándose poco a poco. No dolía todavía, pero avisaba. Uno aprende tarde que la salud no es un estado natural, sino una tregua. El termómetro marcaba más de treinta y nueve. La fiebre ondeaba sus fatigadas banderas. Escalofríos, dolor en el pecho —como a carne viva—, dolor de cabeza, mareos. Los años de fumador —eso que uno cree superado, archivado, cancelado— seguían ahí. No en la conciencia, sino en los bronquios. Puertas mal cerradas. Hendiduras donde cualquier bicho, aparentemente neutral, encuentra acomod...








